Edipo

Probablemente hayas escuchado el nombre de Edipo al menos una vez en tu vida. Quizás, como muchos de nosotros, tuviste tu primer contacto con él mediante la lectura de una, varias o todas las tragedias escritas por Sófocles. Edipo Rey cuenta la historia de Edipo, hijo de Layo y Yocasta, abandonado por su padre para ser devorado por las bestias y con el fin de evitar el mal augurio dado por el oráculo de Delfos que presagiaba tragedia para la pareja que llevaba años intentando embarazarse. El oráculo les advirtió que aquel hijo que nacería de ellos terminaría matando a su padre y casándose con su madre. Para ahorrarles revelaciones, les diré que los personajes intentaron cambiar su destino evitándolo y al evitarlo lo único que lograron fue encontrarlo.

En una ocasión me preguntaron si todos los niños pasaban por la etapa del Complejo de Edipo. Para ahorrarte mi respuesta textual la resumiré en un sí. La persona continuó la conversación diciendo que le parecía algo anormal y que ella había pasado por su adolescencia sin necesidad de llegar a dicha etapa. Le respondí que se trata de algo normal y que no es una elección, ni mucho menos algo de lo que nos demos cuenta. El Complejo de Edipo, como la mayoría de los aspectos metapsicológicos, se da en un plano inconsciente y permanece así por los distintos mecanismos de defensa de los que se vale el denominado aparato psíquico, que no es otra cosa que la forma que tienen los psicoanalistas de entender el funcionamiento intra e interpsíquico de las personas. 

Yo definiría al Complejo de Edipo, de manera muy general, como una metáfora para explicar una etapa del desarrollo en la que, a través de las primeras relaciones sociales, conocemos la frustración y se pone en juego la gestión de la energía psíquica a través de la formación del yo y el súper yo para lograr un estado de equilibrio interno. Suena complicado, ¿verdad? En términos más simples podría decirse que es una forma de explicar el “entrenamiento” en el que “aprendemos”, durante nuestra infancia, a lidiar con la frustración para obtener gratificación de forma socialmente aceptada. Todo esto suena muy técnico y rebuscado, lo sé. 

Hablaba en un párrafo anterior del aparato psíquico y es que para entender el funcionamiento de la mente desde una perspectiva psicodinámica debemos hacer referencia a algunas hipótesis, particularmente dos. En cuestión topográfica podemos decir que existen procesos mentales inconscientes, preconscientes y conscientes. Imaginemos la mente como si fuera un edificio en el que el sótano es la parte inconsciente, y las demás partes de la casa a las que generalmente se accede como parte de la rutina habitual son la parte consciente. Nadie tenemos acceso directo al inconsciente. Ahí se llega por vías indirectas y con el entrenamiento psicoanalítico y/o psicoterapéutico adecuado después de horas y horas de preparación. Al preconsciente accedemos mediante un esfuerzo relativo, por ejemplo, cuando te preguntan algún dato en particular o cualquier detalle del día anterior, etc. Y bueno, creo que el consciente se explica por sí solo. Mientras lees este texto lo estás haciendo de una manera consciente. Bueno, pues el chiste es que la vida psíquica en la primera infancia, particularmente en la lactancia, es en gran medida inconsciente. Así es, al nacer no naces con consciencia propia; si acaso con algunas funciones autónomas que te mantienen con vida, pero nada más. 

La segunda hipótesis tiene que ver con estructuras y son 3: Ello, Yo y Súper Yo. Si has escuchado nuestros podcasts recientemente, te habrás dado cuenta que he hablado de un reservorio de energía. Ese reservorio es nuestro cuerpo, de él proviene la energía psíquica. Esa energía crea empuje, drive, motivación, o como prefieras llamarlo, para recuperar un equilibrio interno, o para que suene más acá: alcanzar una homeostasis. Ejemplo: si siento hambre busco un alimento para saciarla. Así de simple. Resulta que junto con el cuerpo y el inconsciente se encuentra esa primera estructura llamada Ello. Pensemos en los animales, cualquiera. Un perro no se pregunta por la marca del alimento que consume o ni siquiera por la claridad y pureza del agua. El perro tiene sed y bebe. Si el perro se siente amenazado no se pregunta si el niño que le está picando las costillas saldrá ileso de la mordida que lanzará para defenderse. Imagínate: ¿será buena idea ejercer el coito con esta bella hembra Schnauzer frente a sus criadores? Por supuesto que no lo piensan, los animales están sujetos y a merced de su instinto. Cuando somos lactantes nos pasa algo muy similar. No tenemos consciencia propia y somos completamente dependientes de nuestro cuidador, que tradicionalmente es nuestra madre. Mientras estuvimos dentro de su vientre éramos alimentados a través de su placenta, no sentíamos hambre o frío y por supuesto aún no conocíamos la frustración. Al nacer experimentamos frío, luces intensas, sonidos extraños, hambre, etc. Hay un momento de nuestra vida en el que se da una simbiosis hecha y derecha con nuestra madre. El Ello y el cuerpo demandan la satisfacción de necesidades. Es necesario lograr la homeostasis. 

Conforme nos desarrollamos, también lo hacen nuestros sentidos y nuestro cerebro, lo que nos va dotando de capacidades nuevas que nos hacen percibir más y más detalles del mundo que nos rodea. Es así como comienza a nacer esa otra estructura denominada Yo, que es la que mantiene contacto con la realidad. Entre más percibimos, más consciencia tenemos no sólo del mundo sino de nosotros mismos, y ese estado simbiótico en el que nos encontrábamos ya no lo es tanto. Llega un momento en el que logramos diferenciarnos como un ser aparte de nuestra madre. Con la diferenciación también llega la frustración. Mamá está limitada por su condición humana. Por más que nos ame, no tiene todo el tiempo para nosotros ni la capacidad de estar inmediatamente al sonido de nuestro llanto. Poco a poco nos damos cuenta que a veces las necesidades tardan en satisfacerse y comienza a desarrollarse la tolerancia a la frustración que es distinta en cada persona. 

Aunque hemos descubierto cosas que nos disgustan, aún sabemos que es mamá quien puede proveernos de placer y satisfacer nuestra necesidad de alimento y cobijo. Pero recordemos que ahora somos más conscientes de la realidad y en esa realidad existe otro ser llamado papá o cualquier otra persona que amenace con robarnos la atención plena y completa de nuestra madre. A cualquier intruso se le percibe como rival y enemigo. ¡Mamá es mía y tú no me la vas a robar! El niño no ama, ni odia como lo hace un adulto. Quiero aclarar que así como existe una sexualidad infantil, también existe una emocionalidad infantil. Entonces, les pido encarecidamente que no intenten entender ese odio como el odio que sentimos los adultos y por favor no olviden que estas cuestiones se dan en un plano mayormente inconsciente. Aunque el niño ya percibe la realidad, no es consciente de lo que sucede en su vida anímica. En este punto te sugiero que vayas al primer párrafo y trates de relacionar el contenido de éste con el de aquél. Verás cómo hace click. Ya entendiste por qué se llama Complejo de Edipo, ¿verdad?

Bueno, prosigamos. Ya hablamos del Ello y del Yo, pero en dónde queda esa tercera estructura. Aunque el niño llega a sentir odio (desde su condición infantil) también descubre que siente amor por su padre y esto le genera un sentimiento de culpa que desarrolla fantasías que generan ansiedad y angustia en el niño y así aprende “lo que está bien y lo que está mal”. El niño, para evitar esa ansiedad, preferirá “hacer las paces” con papá y renunciar a su mamá para mantenerse sin ansiedad y continuar con su desarrollo normal. Es así que sucede en una etapa madura llamada genitalidad que aquél que fue un niño, y ahora es alguien maduro, puede elegir una persona distinta con la cual llevar a cabo esta gestión de energía. A final de cuentas, las relaciones, entendidas psicodinámicamente, no son otra cosa que el intercambio de energía psíquica entre dos o más personas. 

He sabido de personas que fueron con el psicólogo y les dijeron que tenían Complejo de Edipo. Si te llega a pasar a ti, sal corriendo de ahí; estás con la persona equivocada. El Complejo de Edipo no se tiene, no se padece, no es una enfermedad. Es algo que se vive como parte del desarrollo psicológico, emocional y social. Lo que pueda suceder en la vida adulta es un reflejo de cómo se vivió esa etapa en la infancia. 

¿Tienes problemas con la autoridad? ¿Sostienes relaciones afectivas con personas que ya están comprometidas? ¿Te cuesta trabajo independizarte de tus padres? ¿Te has cambiado de carrera más de dos veces? ¿Sientes culpa cuando tienes éxito en algo? 

Si respondiste que sí a alguna de las preguntas, probablemente tengas algún asunto pendiente en esa etapa y sea momento de trabajarlo. Pero si tu pregunta es ¿tengo Complejo de Edipo? La respuesta siempre será no.

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