El plano cartesiano de las relaciones.

¿Qué tanto conocemos a las personas? ¿Por qué unas relaciones son más profundas que otras? ¿Cómo logramos conectar con alguien y mantenernos así por determinado tiempo? Son preguntas que suelo plantearme en mis noches de insomnio. En una de esas noches pensaba acerca de mis compañeros de mi antiguo trabajo, la relación que mantuve con cada uno de ellos y sus respectivas particularidades. Llegué a la conclusión de que en realidad no los conocí, sino que sólo alcancé a relacionarme con una parte de ellos, esa parte que estuvieron dispuestos a mostrar. 

Esta columna no tiene pretensión de sentar base alguna y lo que lees aquí es sólo una idea vaga como puede haber muchas otras. No obstante, me gusta entender, para fines prácticos muy personales, que las relaciones funcionan de una forma parecida. Es como si tuviéramos varios yoes (plural de yo) dispuestos en capas y que de forma progresiva avanzan de lo superficial a lo profundo. Cuando interactuamos con otra persona, las capas de cada uno se superponen y confluyen en un punto determinado, pero no en el mismo nivel. Para entenderlo mejor imaginemos un plano cartesiano en el que el eje de la X eres tú y el eje de la Y es cualquier otra persona. En ese plano, el 0 en ambos ejes es el punto más superficial, mientras que cada eje puede extenderse eternamente hasta el infinito o infinitamente hasta la eternidad. 

Para hacer las cosas más sencillas supongamos que el límite de la profundidad es el 10. Quedaría de la siguiente manera: 

0 = Nula relación

1-3 = Relación superficial

4-7 = Relación cercana

8-10 = Relación profunda

Vamos a suponer que yo soy el eje de las X y quiero representar la relación con mi esposa, ella está en el eje de las Y. En mi fantasía, ya que no lo puedo presumir con plena certeza puesto que no pienso por mi esposa, ella y yo tenemos una relación profunda, digamos X=10 y Y=10. En este caso los puntos confluyen en el mismo nivel. Pero, pensemos ahora en la relación con mis compañeros del antiguo trabajo. 

Considero, y varias personas me lo han dicho, que suelo ser muy abierto en mi interacción con otras personas, aunque tenga poco tiempo de conocerlas. Quizás yo tengo tanta apertura que estoy en un nivel de relación cercana, es decir un X=6.5. Pongamos como ejemplo al ingeniero Fulgencio, un compañero imaginario. Quizás Fulgencio es sumamente desconfiado o tímido y se mantiene en un nivel de relación superficial, digamos un Y=1.5. Siguiendo la lógica del plano cartesiano, el punto de confluencia se da en X=6.5, Y=1.5. Fácilmente se puede determinar quién profundiza más en esa relación. Suponiendo que el rango se dé entre el 0 y el 10, cada nivel representa uno de esos yoes (yo en plural). O bien, cada subgrupo de rangos representa un nivel de compenetración del yo. 

¿Por qué llegué a la conclusión de que en realidad no conocí a los compañeros de mi antiguo trabajo? Porque me mostraron sólo la cara que ellos quisieron. En muy pocas ocasiones conocí lo peor de algunos. Hay una frase del psiquiatra suizo Carl G. Jung que me parece muy esclarecedora al respecto: “El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción ambas se transforman”. No suena para nada descabellada tal afirmación, incluso no hay contradicción, lo único que precisa es detalles, matices. Sabemos que para que ocurran fenómenos químicos, deben cumplirse ciertas condiciones físicas. Pues lo mismo sucede con las relaciones. Para que ocurran fenómenos interpsíquicos, deben cumplirse ciertas condiciones intrapsíquicas. Una de esas condiciones es la apertura emocional. Las relaciones cordiales no cambian nada, sólo mantienen un orden socialmente establecido; pero una relación profunda cambia muchas cosas. Bien puede destruirnos o sacar lo mejor de nosotros. 

La psicoterapia busca más que un diagnóstico. Nos interesa construir una conexión profunda que permita que tanto terapeuta como paciente se transformen. Es una retroalimentación constante. Si bien, no se trata de una amistad, esa relación no deja de ser genuina y lo mejor de todo es que está enmarcada en la confianza, la confidencialidad y la seguridad, tal como lo reconocemos la mayoría de los terapeutas.  

Es maravilloso, ¿no? ¿Cuál es tu disposición para tener relaciones más profundas con tus semejantes? No estoy incitando a hacerlo con todos, pero, ¿y si te atrevieras a dar más de ti? Quizás el otro también esté dispuesto a hacerlo y con ello seguramente se transformen en algo más bello. 

En otra de mis noches de insomnio pensaba lo siguiente: 

Somos tan diferentes unos de otros a pesar de tanto que tenemos en común. Piensa en eso categóricamente. Gozamos o sufrimos de una condición humana que nos une y nos mantiene viviendo en el mismo planeta. En ese planeta comienza la primera diferenciación. Algunos viven en Europa, otros en Asía, etc. Un solo continente está conformado por diversos países y a su vez esos países se dividen en estados, luego esos estados en municipios, el asunto es que, hasta antes de llegar al individuo existen grupos que se conforman por uno o varios tipos de afinidad, pero la unidad fundamental de la conciencia es el individuo o al menos es lo que sabemos. Cada sujeto es una forma distinta de percibir el mundo y lo que hay en él. Somos tan, pero tan diferentes, inmensamente distintos en nuestra propia individualidad y aun así logramos conectar. 

La pregunta es: ¿hasta dónde quieres llegar?

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