Temor y temblor

El título de este blog es homónimo de aquella obra de Kierkegaard en la que el filósofo danés realiza un análisis ético filosófico a partir del relato bíblico de Abraham. Querido lector, mi argumento no tiene nada que ver con la obra antes mencionada. La realidad es que las dos palabras que constituyen el título guardan cierta relación con lo sucedido el día lunes 19 de septiembre de 2022. Si eres de México, probablemente sabes a qué me refiero. El asunto: los terremotos.

La experiencia más cercana que he tenido con una sacudida es cuando, por alguna razón, utilizo algún puente peatonal, sobre todo el que conecta Galerías Laguna con las instalaciones de la Feria de Torreón, y definitivamente no es una sensación que yo definiría como agradable. Recuerdo otra ocasión en que, despertando un fin de semana por la mañana, sentí cómo el suelo se sacudió, mientras los cristales de las ventanas temblaban como cuando estás en un edificio cerca de alguna vía de ferrocarril. Definitivamente es inesperado. ¿Qué nombre le pones a algo que no conoces? Buscas una referencia y lo encuadras en donde mejor le acomode.

¿Puedes definir con claridad exhaustiva la diferencia entre miedo y terror? Creo que un error que cometemos al intentar imaginar cómo se siente una experiencia que jamás hemos vivido es pretender sentir desde el concepto y conceptualizar desde la emoción. Por eso nos cuesta tanto entender la empatía en su aspecto más “puro”. ¿Sabrá alguien cómo reaccionar emocionalmente a un evento desconocido? ¿Qué piensa una persona mientras siente? ¿Qué siente una persona mientras piensa? ¿Es imprescindible mantener esa dualidad ante catástrofes? ¿Y al final qué nos salva?, ¿el sistema límbico?, ¿nuestra inteligencia?, ¿la perseverancia?

¿Qué debo sentir ante una situación como esa? La respuesta es simple: mi cuerpo. Somos capaces de sentir emociones porque tenemos cuerpo. Las emociones son información de primera mano. Sentimos miedo cuando detectamos que algo no está bien, sentimos enojo cuando detectamos pretensiones abusivas y entristecemos cuando enfermamos. ¿No te parece maravilloso? Escucha tu cuerpo, salva tu vida.

Otro asunto relacionado con los terremotos tiene que ver con la muy baja probabilidad de que sucedan tres veces en la misma fecha, pero en distintos años. Pienso en esto, como en algunos memes de probabilidad y estadística que plantean situaciones como: “las probabilidades de que te mate una vaca dentro de un edificio son N, pero nunca 0”, dejando en claro que no es lo mismo improbable que imposible. En ese sentido que un terremoto se repita el mismo día al año siguiente es muy improbable, pero no imposible. Así que si te sacas la lotería en un país sin corrupción comprando un único boleto una sola vez en tu vida, considérate súper afortunado. Ésa es la suerte.

Me topé en redes sociales con la opinión de Javier Santaolalla Camino (@jasantaolalla), un experto en física que recién acaba de mudarse a México y le tocó vivir en carne propia el sismo del pasado lunes. Javier analizaba el asunto de la baja probabilidad y se planteaba una pregunta interesante: ¿qué tal si hemos estado estudiando mal esos datos y por lo tanto sus probabilidades? Javier habla de “una mala forma de estimar la probabilidad que tenemos los humanos de forma natural (…) de forma intuitiva” y considera que eso está mal. Javier nos dice que es importante considerar todas las combinaciones posibles y que, dado que esa combinatoria es muy amplia, las probabilidades aumentan significativamente. En términos prácticos, el método tradicional está limitado en relación con los fenómenos tomados en cuenta.

A dónde quiere llegar este hombre, te preguntarás, o tal vez ya te perdí líneas atrás. No te preocupes, tampoco estoy seguro de entenderlo del todo. Como especialista en psicología y psicoterapia me he dado cuenta de la limitación de algunos de nuestros métodos en lo que al estudio de la personalidad se refiere. Decimos que se trata de un conjunto de rasgos que son estables a través del tiempo, pero no quiero pecar de simplista o reduccionista. La personalidad es un aspecto emergente que surge de la interacción de los rasgos que la componen, pero tampoco es simplemente la suma de los mismos, es más. Hemos estudiado la personalidad como si las personas viviéramos en un ambiente controlado, como si fuera un laboratorio. Aunque una evaluación mediante pruebas estandarizadas e instrumentos proyectivos puede ser muy enriquecedora, sigue estando sesgada. Uno (y me refiero a ti, a mí o a cualquier otro individuo) es más el que convive con los demás todos los días, que el que reporta el perito en una evaluación de 3 a 5 sesiones. Algunos le llaman a eso: personalidad interactiva.

Bien decía Aristóteles que “somos lo que hacemos repetidamente”.

¿Tú qué piensas? ¿Somos más, igual o menos predecibles que los terremotos? ¿A qué le tienes miedo cuando evitas mostrar tus emociones?

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